La palabra imprudente
En Zaonezhie, junto a un lago tranquilo, vivían el anciano Yegor y la anciana Daria. Yegor reparaba barcas y fabricaba remos ligeros. Su lista perra Lada…
En Zaonezhie, junto a un lago tranquilo, vivían el anciano Yegor y la anciana Daria. Yegor reparaba barcas y fabricaba remos ligeros. Su lista perra Lada siempre estaba a su lado. Un día apareció por el camino un viajero vestido con elegancia. Preguntó si Lada podía pasar un día en un jardín de montaña: allí las ovejas se habían dispersado y hacía falta alguien bondadoso que ayudara. Yegor aceptó, y el viajero lo invitó a subir al monte Mián aquella tarde.
Un sendero llevaba a la cima entre pinos y niebla azul grisácea. Cuando Yegor subió por encima de las nubes, se abrió ante él una ciudad maravillosa. En las ventanas brillaban luces de color miel, por las calles corrían arroyos transparentes y Lada lo esperaba alegremente junto a la puerta. El dueño del jardín dio las gracias al anciano por su ayuda y le ofreció elegir una recompensa: monedas de plata, un abrigo de piel bien cálido o una cajita tallada.
Mientras Yegor lo pensaba, se acercó un joven trabajador. En voz baja le pidió: «No acepte las riquezas. Mejor ayúdeme a volver a casa. Llevo mucho tiempo viviendo en esta ciudad, pero recuerdo la calle Rogatitsa de Nóvgorod y la casa de mis padres, con sus contraventanas verdes». Yegor vio cuánto añoraba su hogar el joven y eligió ayudarlo en vez de quedarse con las riquezas. El dueño del jardín de montaña cumplió su palabra y les abrió un camino corto para bajar, mientras Lada corría alegremente a su lado.
Por el camino, el joven contó que tiempo atrás se había marchado de casa después de unas palabras imprudentes dichas con enfado. Desde entonces, su familia no sabía dónde buscarlo, y él no había logrado encontrar el camino de regreso entre la niebla de las montañas. Yegor, Daria, Lada y el joven viajaron a Nóvgorod. En la calle Rogatitsa encontraron la casa de las contraventanas verdes, con una vieja campanilla de cobre colgada sobre el portón.
El mercader y su esposa reconocieron enseguida a su hijo y lo abrazaron. Se pidieron perdón unos a otros y acordaron escoger sus palabras con cuidado de allí en adelante, incluso cuando estuvieran disgustados. Para celebrar el regreso, prepararon una mesa larga para los vecinos y los viajeros. Lada recibió una cama mullida junto a la estufa, y Yegor y Daria encontraron nuevos amigos que los invitaban a volver siempre que quisieran. Así, una buena decisión resultó más valiosa que cualquier cajita.