El gusli que tocaba solo
Un campesino llamado Alexéi tenía un hijo llamado Vania. Un verano cultivaron una abundante cosecha de nabos y, después de recogerla, vieron junto al campo a un…
Un campesino llamado Alexéi tenía un hijo llamado Vania. Un verano cultivaron una abundante cosecha de nabos y, después de recogerla, vieron junto al campo a un muchacho desconocido con dos sacos grandes. Su abuelo lo había enviado a recoger las raíces que quedaban, pero el muchacho no sabía de quién era el campo. Vania propuso pedir permiso primero. Alexéi compartió gustoso la cosecha, y su hijo ayudó a llenar los sacos y llevarlos hasta una casita del bosque.
En la casita vivía un canoso fabricante de instrumentos musicales. A cambio de su ayuda ofreció plata a Vania, pero este pidió el gusli que tocaba solo y del que su nuevo amigo le había hablado por el camino. El artesano aceptó con una condición: la música debía dar alegría a la gente y nunca obligarla a hacer nada contra su voluntad. Afinó las cuerdas, mostró una melodía tranquila y despidió al visitante con buenos deseos.
Poco después, Vania llegó a una gran ciudad y se sentó con el gusli en un tocón junto a un prado. En cuanto tocó la primera cuerda, los cerditos del pastor empezaron a dar vueltas alegremente sin salir de la hierba suave. Los transeúntes aplaudían, y los animales se detenían cuando se cansaban. Una zarevna oyó la música desde su ventana, bajó sin séquito y pidió a Vania que le enseñara a tratar con cuidado el instrumento mágico.
Al día siguiente, Vania explicó a la zarevna que el gusli solo respondía a quien sabía escuchar el ritmo de los demás. Ella marcó con la palma un compás sencillo, el gusli lo repitió y Vania continuó la melodía. Los cerditos caminaron en círculo por el prado, los niños bailaron cerca y los adultos dejaron a su alrededor suficiente espacio para moverse y descansar.
El zar organizó una fiesta abierta y ofreció a Vania el puesto de músico de la corte. Desde el escenario, Vania respondió que acudiría a las celebraciones, pero que quería vivir cerca de su padre y del campo. La zarevna apoyó su decisión y tocó la melodía que había aprendido. Ante el escenario estaban Alexéi, el artesano canoso, habitantes de la ciudad y visitantes de las aldeas, mientras el gusli que tocaba solo los reunía con una canción bondadosa.