La zorra curandera
Un anciano y una anciana plantaron un día un pequeño tallo de col bajo el suelo de su casa. Creció tan deprisa que el anciano le abrió paso primero en el suelo…
Un anciano y una anciana plantaron un día un pequeño tallo de col bajo el suelo de su casa. Creció tan deprisa que el anciano le abrió paso primero en el suelo y después en el techo. El tallo llegó hasta las nubes. En su cima había unas muelas mágicas: al girarlas una vez aparecía un pastel; al girarlas de nuevo, una olla de gachas aromáticas.
El anciano subió, probó la comida y volvió a buscar a la anciana. Para ella tejió una cesta resistente con dos cuerdas. La subida resultó larga y la anciana se cansó, así que decidieron bajar. Cerca del suelo, la cesta se posó suavemente en un montón de heno, pero aun así la viajera quiso descansar después de aquel camino tan poco habitual.
Pasó por allí una zorra a la que en la aldea llamaban curandera porque sabía preparar infusiones. Revisó las cuerdas, comprobó que la anciana estaba bien y propuso pasar una tarde tranquila en la cálida casa de baños. El anciano trajo una bolsita de harina de avena tostada y un tarrito de mantequilla, mientras la zorra preparaba una infusión de menta y amasaba una masa blanda para panes planos.
Después del descanso, la zorra enseñó al anciano y a la anciana a construir un elevador estable. Fijaron cuatro eslingas a la cesta, las unieron a una sola cuerda de elevación y la enrollaron en un torno de madera con un tope seguro. Dentro sujetaron un asiento con un asidero. Los tres probaron el aparato varias veces con sacos de heno y solo después decidieron subir ellos mismos.
Para la fiesta de la aldea, las muelas de arriba preparaban pasteles, y el nuevo elevador bajaba suavemente cestas de comida hasta los vecinos reunidos junto al tallo de col. El objeto mágico permanecía en su sitio entre las nubes. El anciano y la anciana repartían los dulces, y a la zorra la celebraban por su infusión, sus consejos sensatos y el aparato fiable, no por una curación milagrosa. Decoraron el tallo con farolillos y lo cuidaron como un camino compartido hacia un prodigio bondadoso.