La anciana codiciosa
Un anciano y una anciana vivían en una pequeña cabaña. Un día, el anciano fue a buscar leña y levantó el hacha sobre un árbol viejo. El árbol susurró: «No me…
Un anciano y una anciana vivían en una pequeña cabaña. Un día, el anciano fue a buscar leña y levantó el hacha sobre un árbol viejo. El árbol susurró: «No me tales. Dime qué necesitáis de verdad». El anciano pidió ramas secas, un techo resistente y una reserva de grano. El árbol cumplió su petición. El anciano le dio las gracias y guardó el hacha, y la casa quedó cálida y bien abastecida.
Pronto, a la anciana aquello le pareció poco. Deseó una casa grande, graneros llenos y ropa elegante. El anciano regresó al árbol, pero dejó el hacha en casa. El árbol suspiró y les concedió lo pedido; a cambio, les rogó que cuidaran el arroyo del bosque. Unos faroles de cobre brillaron junto a la entrada. La anciana se alegró de los regalos, aunque no fue a dar las gracias al árbol.
Un mes después quiso que todos la llamaran unas veces gran señora, otras esposa de general y otras reina. Con cada nuevo deseo aparecían alrededor de la casa portones, torres y asuntos importantes. El anciano pasaba los días atendiendo las peticiones de los vecinos, mientras la anciana se cansaba de vigilar los cofres. En la casa ya no quedaba nada de tranquilidad. Aun así, ella todavía no podía detenerse.
Por fin, la anciana exigió que los convirtieran en dueños de todo el bosque. «¿Queréis saber qué se siente?», preguntó el árbol. Los dos aceptaron y se transformaron en osos durante un día. Las patas de oso resultaron fuertes y cuidadosas. Vieron el arroyo seco y a las aves y los animales asustados, a quienes estorbaban los nuevos portones. En vez de dar órdenes, los osos despejaron el paso del agua y apartaron la cerca.
Al caer la tarde, el árbol les devolvió su forma humana. La anciana pidió conservar solo la casa cálida y las provisiones necesarias, y repartió las cosas sobrantes entre los vecinos. El anciano reparó el puentecillo sobre el arroyo, y juntos plantaron serbales jóvenes junto al árbol viejo. Desde entonces, la anciana se preguntaba primero cuánto era suficiente y solo después formulaba un deseo.