El Sol, la Luna y Voron Voronovich

Un anciano y una anciana tenían tres hijas adultas. Un día se derramó grano de un saco agujereado. El Sol calentó la tierra, la Luna iluminó la zanja y Voron…

Un anciano y una anciana tenían tres hijas adultas. Un día se derramó grano de un saco agujereado. El Sol calentó la tierra, la Luna iluminó la zanja y Voron Voronovich ayudó a recoger los granos. Los padres invitaron a cenar a quienes los habían ayudado. Ellos trabaron amistad con las hijas y siguieron visitándolas. Con el tiempo, cada pareja decidió por sí misma vivir junta: en las casas del Sol, de la Luna y del bosque.

El anciano visitó primero al Sol. Su hija lo recibió en un porche dorado, y el Sol preparó tortitas sobre una piedra calentada por un rayo. Ya en casa, el visitante puso una sartén sobre una piedra corriente y se quedó esperando. La anciana le recordó que cada hogar tiene sus propios métodos. Encendieron el fogón, prepararon las tortitas y anotaron la receta solar junto a las reglas habituales de la cocina.

Al día siguiente, el anciano fue a ver a la Luna. Su hija lo llevó a un baño donde una luz plateada entraba por una ventana redonda. En casa, el anciano intentó iluminar el baño a través de una pequeña rendija, pero dentro siguió oscuro. Entonces la anciana trajo un farol, y en la pared aparecieron dibujos lunares. El anciano comprendió que imitar la forma no basta: hay que saber de dónde procede la luz.

El tercer camino condujo al anciano hasta Voron Voronovich. La casa del bosque se alzaba entre ramas resistentes, y el anfitrión acercó al visitante una escalera con una cuerda de seguridad. El anciano se apresuró y perdió pie, pero Voron desplegó las alas y la hija menor tensó la cuerda. Lo bajaron suavemente hasta el heno. Tras descansar, Voron le enseñó a revisar los peldaños y a pedir apoyo.

En primavera, las tres hijas se reunieron con sus familias en casa de sus padres. El Sol calentó el patio, la Luna colgó faroles y Voron reforzó la escalera. El anciano sirvió tortitas y contó lo que había aprendido: no se debe copiar a ciegas el prodigio de otro, pero sí se puede comprender su sentido y encontrar una manera segura. Las hijas regalaron a sus padres una piedra cálida, un farol y una cuerda. La familia recordaba el grano derramado como el comienzo de su amistad.

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